Mi crónica

Lloró Colima a los nueve muertos de la autopista…

Por Juan Ramón Negrete Jiménez

Colima, Col., 24 de abril de 2018.-

¡Tan-tannnnnnnn!, ¡Tan-Tannnnnnnn! Las campanas están llamando a duelo, a misa de réquiem.

Es el doblar de las campanas del templo del “Inmaculado Corazón de María”, mejor conocido como la iglesia de Guadalajarita, cuyo sonido parece que se escucha más triste que otras ocasiones; son cerca de las 15:00 horas, están dando la última llamada a esta concelebración.

El cruce de las calles Guillermo Prieto y Gabino Barreda, está muy congestionado de vehículos y personas a pie, decenas, centenas, hombres, mujeres, jóvenes, niños, hay de todo, son los familiares, los amigos, los compañeros de escuela o de guardería de los menores que perdieron la vida el domingo pasado, junto con sus padres, en un terrible accidente en la autopista Manzanillo-Colima, a la altura del crucero de la comunidad de Turla.

Con lentitud llegan siete carrozas y en su interior trasladan nueve féretros: cinco personas adultas y cuatro menores, los vehículos se detienen en doble fila y comienzan a bajar los ataúdes, los que contienen los restos mortales de los menores, en color blanco, representando la pureza de su corazón, su inocencia; los de los adultos, eran de madera, en color oscuro.

El cruce de las calles Filomeno Medina y Guillermo Prieto, se congestiona con los vehículos de las carrozas y con las camionetas cargadas de coronas de flores y arreglos florales.

Un agente de vialidad apoya para desviar el tráfico vehicular y para ordenar a los vehículos que son parte de este cortejo fúnebre.

Los féretros son colocados en los arneses metálicos y a la entrada al templo son recibidos por dos sacerdotes, quienes derraman agua bendita sobre ellos.

El llanto de los familiares, amigos y vecinos que se han dado cita, se confunde en los abrazos entre ellos, se dan el pésame, se dicen palabras de aliento y ante la indicación de los sacerdotes ingresan los ataúdes los cuales son colocados frente al altar. La música de un órgano y un coro da la bienvenida al cortejo.

Ahí se encuentran reunidos padres e hijos, abuela y nietos, otra madre y sus dos hijas. Todos unidos, así como cuando venían de la playa el pasado domingo y que nunca imaginaron que un terrible accidente carretero cegaría sus vidas para siempre.

Ahí estaban José Ricardo Villegas Miranda, el jefe de la familia de 37 años; su esposa Cintia Aracely Estrada Hernández, de 30; sus hijos Nairi Melissa Villegas Estrada, de 9 y Ángel Emanuel Villegas Estrada, de 7 años.

La señora Antonia Hernández Ramos de 49 años, y su nieto Keen  Yamir Estrada Hernández, de 4 años. Los últimos tres cuerpos eran el de Daisy Lizbet Estrada Hernández (hermana de Cintia), de 26 años, y sus hijas Jasuna Maroayan María Estrada, de 8 años, y Evelyn Erandy María Estrada, de apenas tres años.

Inicia la concelebración, con la presencia de nueve cuerpos colocados frente al altar. Es la primera ocasión que me toca ser testigo de una misa de cuerpo presente para nueve personas, al mismo tiempo, y que sean familiares.

Al interior del templo del “Inmaculado Corazón de María”, el ambiente es sofocante, en parte por la gran cantidad de personas que abarrotó la parroquia, lo cual se conjugaba también con la temperatura que rebasaba los treinta grados.

Y mientras en el interior del templo se realiza la primera lectura del Profeta Isaías, afuera, en la calle Guillermo Prieto, los choferes que conducen las siete carrozas, se organizan y hacen maniobras para acomodar los vehículos, de acuerdo al cuerpo que les ha correspondido movilizar.

Por ahí anda el propietario de la Funeraria La Guadalupana, dando las últimas instrucciones al personal de apoyo, que platicará con los deudos de los fallecidos, antes de que arranque el cortejo fúnebre, a quienes además les harán la entrega de los cubre-ataúdes y las fotografías que se mandaron imprimir, como parte de los recuerdos que otorga la casa funeral.

En la misma calle Guillermo Prieto, decenas de amigos, familiares y conocidos, que no alcanzaron a ingresar al templo, buscan “una sombrita”, ya que los rayos del sol son inclementes.

Llega un mariachi, también se acomoda en un espacio donde no le pegue tanto el sol, esperando a que termine la concelebración de cuerpo presente, para acompañar con sus notas todo el trayecto hasta el panteón municipal de Colima.

Ingreso nuevamente al templo hasta donde la gente lo permite, uno de los dos sacerdotes que oficiaron la misa, se apresta a dar lectura al Evangelio según San Juan; hace referencia al pasaje cuando llega Jesús a Betania, a la casa de Martha, quien al recibir al señor le dice que si hubiese llegado antes, habría encontrado con vida a su hermano.

Y el sacerdote hace referencia a aquél pasaje de Juan (11:25) donde el Señor dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”, después al terminar la lectura del evangelio dirigiría su fervorín, haciendo alusión a lo que señalan las escrituras en ese sentido y hacía referencia a los nueve cuerpos que ahí se encontraban, indicando que familias completas habían fallecido y dirigía palabras de aliento a sus familiares y amigos.

Interviene el otro sacerdote y hace referencia a estos difíciles momentos por los que deben estar atravesando sus familiares y amigos, destacando que esto es algo que no se puede describir.

Poco a poco la misa de cuerpo presente va llegando a su fin y antes de que concluyera la concelebración, uno de los sacerdotes anuncia que bañará de agua bendita los féretros.

Antes de que el sacerdote de por concluida la misa, se le concede la palabra a una persona, pocos, o nadie lo conoce y él se presenta: “yo soy una persona que estuve en el lugar del accidente, yo viajaba en el otro vehículo que también resultó afectado, y que al momento de ver lo sucedido nos bajamos a tratar de ayudar… solo les puedo decir que hicimos todo lo humanamente posible por el niño, que quedó lesionado, hasta que llegó el auxilio… a todos ustedes solo me queda externarles mis sinceras condolencias por lo sucedido, gracias”.

Se dividió el cortejo…

Mientras se desarrollaba la misa, los choferes de las siete carrozas, ya se habían puesto de acuerdo, “es que nos vamos a dividir, tres cuerpos los vamos a llevar a sepultar al panteón municipal de Villa de Álvarez, los restantes seis, los llevaremos al panteón de aquí de Colima”.

Y me comentaban: “las dos carrozas de adelante, se van a llevar los cuerpos de Daisi Lizbeth Estrada Hernández, y de las niñas (sus hijas) Jasuna Maroayan María Estrada, de 8 años, y Evelyn Erandy María Estrada, de tres años. Esas carrozas serán las primeras en salir, van a bajar hasta la avenida San Fernando y de ahí se irán por la avenida hasta Villa de Álvarez”, y así ocurrió. Estas dos carrozas partieron a las 16:05 horas.

Los restantes seis cuerpos serían trasladados al panteón municipal de Colima, para lo cual una vez que partieron del templo de Guadalajarita, doblaron por Filomeno Medina, hasta la Avenida San Fernando, después el cortejo fúnebre agarró por la avenida Camino Real, hasta llegar al cementerio de Colima.

Una vez que concluyó la misa, el primer féretro que salió del templo, fue el del niño Keen  Yamir Estrada Hernández, de 4 años; seguido del féretro que contenía los restos de su abuela, la señora Antonia Hernández Ramos; enseguida Ángel Emanuel y Jasuna Maroayan María Estrada.

Para eso las escenas que se estaban viendo le apachurraban el corazón a cualquiera, y así poco a poco fueron colocados todos los féretros en las carrozas que los trasladarían a su última morada.

La gente se comenzó a organizar para marchar en el cortejo y confundidos entre los deudos, se colocaron los integrantes del mariachi, atrás de las cinco carrozas que enfilaron al panteón de Colima, dejando escuchar las notas de canciones como “Te vas Ángel Mío”, “Cruz de Olvido”, “El Corrido de Los Pérez”, “El Sinaloense”, “Caminos de Michoacán” y “Ese señor de las Canas”, entre otras.

Eran las 16:14 horas, cuando partió el corte al panteón de Colima, al legar al cruce con la Avenida San Fernando, los automóviles guardaron respetuosa compostura, para permitir que las cinco carrozas y las decenas o tal vez centenas de familiares, conocidos y amigos, cruzara tranquilamente, incluso hasta los motores apagaron para dar paso al cortejo.

Las cinco carrozas se ubicaron por el carril que va de poniente a oriente y colocadas en los dos carriles, comenzó el cortejo que culminó en el panteón municipal de Colima, donde una vez en su interior las carrozas se detuvieron hasta la parte final, al fondo, lentamente las carrozas abren sus medallones (la puerta trasera) y los empleados de la funeraria comienzan a bajar los ataúdes.

Cargan con los ataúdes, mientras las escenas de dolor no se dejan sentir, los féretros son colocados en las bases metálicas, mientras terminan de adecuar las tumbas donde reposarán por siempre los integrantes de toda esta familia.

Los asistentes se funden en abrazos, en llanto, yo siento mariposas en el estómago, y considero que ya es tiempo de dejarlos solos con su duelo, esos son los momentos íntimos de despedir a los seres queridos.

Y mientras me retiro, observo que en este cortejo, esta vez, no asistió ni un solo político, ni un solo servidor público, todos los presentes fueron los amigos, familiares y conocidos que tuvieron la fortuna de convivir con ellos.

Fue una marcha fúnebre pocas veces vista por los colimenses, que al paso del cortejo, hubo quienes tomaron gráficas con sus celulares, otros, se quedaban a observar el paso de la marcha, con rostros atribulados, algunos sin dar crédito a lo que había acontecido, y así entre bendiciones o musitando alguna oración, pedían que Dios les dé el descanso eterno

Descansen en paz.